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Ilia Malinin, el salto que desafió al hielo y cambió la historia olímpica

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Un mortal hacia atrás, cuatro milímetros de acero y una decisión que rompió medio siglo de normas. Ilia Malinin no solo dio a Estados Unidos el oro por equipos en Milán-Cortina 2026: firmó una de esas escenas que se quedan a vivir para siempre en la memoria del deporte

Durante un instante difícil de explicar, el Milano Ice Skating Arena quedó suspendido en el aire. El ruido se apagó. Las banderas parecieron congelarse. Y un joven de 21 años, 1,73 metros de altura y apenas 63 kilos cargó todo su peso —y algo más— sobre la cuchilla izquierda del patín.

Cuatro milímetros de acero. Nada más.

Desde ahí, Ilia Malinin se lanzó hacia atrás y ejecutó un backflip, un mortal prohibido durante casi cinco décadas por su peligrosidad. Cuando volvió a tocar el hielo, limpio, sin correcciones, con una sola cuchilla como punto de apoyo, ya no había vuelta atrás. Estados Unidos acababa de asegurar el oro por equipos y el patinaje artístico sumaba una nueva imagen icónica.

No era un salto cualquiera. Era un gesto cargado de intención.

El backflip: riesgo, memoria y desafío

El mortal hacia atrás estuvo vetado durante casi 50 años. Demasiado peligroso. Demasiado imprevisible. Demasiadas lesiones. La normativa se flexibilizó en 2024, aunque el salto sigue sin puntuar como elemento técnico. Aun así, algunos patinadores lo introducen como recurso estético. Pocos se atreven. Menos aún lo clavan.

Malinin lo hizo en unos Juegos Olímpicos. Y no solo eso: se convirtió en el primer patinador de la historia en ejecutar un backflip limpio con recepción sobre una sola cuchilla en una cita olímpica.

Antes lo habían intentado otros. Terry Kubicka lo logró en 1976, en Innsbruck. Surya Bonaly lo ejecutó en Nagano 1998 como acto de protesta y fue penalizada. Lo de Malinin fue distinto. Legal. Preciso. Definitivo.

Djokovic, testigo del momento

Desde la grada, Novak Djokovic no pudo contener la reacción. Manos a la cabeza. Mirada incrédula. El tenista serbio, acostumbrado a convivir con la excelencia, asistía a algo que no se ve todos los días.

“Vi a Novak después del salto. Tenía las manos sobre la cabeza”, contaría después Malinin, todavía con la adrenalina en el cuerpo. “Es un momento único. Estoy impresionado”.

Los jueces también. 200,03 puntos, por delante del japonés Sato Shu y del italiano Matteo Rizzo. El oro por equipos ya tenía dueño.
El chico que aprendió a caer antes que a leer

Malinin nació en Fairfax, Virginia, pero su historia viene de lejos. Muy lejos. Su abuela materna compitió bajo la bandera de la Unión Soviética. Sus padres, Tatiana Malinina y Roman Skorniakov, representaron a Uzbekistán tras la disolución de la URSS. Hoy son sus entrenadores.

Creció entre vestuarios fríos, madrugones eternos y pistas vacías. Aprendió a caerse antes que a leer. A levantarse antes que a tener miedo. Eligió competir por Estados Unidos y adoptó como apellido deportivo una versión simplificada del de su madre porque el de su padre resultaba impronunciable para medio mundo.

Empezó a competir con seis años. El resto llegó poco a poco. Sin atajos

El “Dios del Quad” y el Axel imposible

En 2022, con solo 17 años, se proclamó campeón mundial júnior. Al año siguiente inició su dominio en el Grand Prix Final, uno de los circuitos más exigentes del patinaje artístico. Ha ganado las ediciones de 2023, 2024 y 2025. Además, es bicampeón mundial absoluto tras conquistar el oro en 2024 y 2025.

Su seña de identidad es el riesgo técnico. En especial, el Axel cuádruple, el salto más complejo del patinaje artístico: cuatro vueltas y media en el aire con aterrizaje limpio. Nadie más lo ha conseguido en competición. Por eso en Japón le bautizaron como “el Dios del Quad”.

No es un apodo exagerado. Es descriptivo.

Más allá del hielo

Malinin se graduó en el instituto Falls Church High School en 2023 y después ingresó en la Universidad George Mason, en Virginia. No se conoce con detalle qué estudia, pero sí a qué dedica casi todo su tiempo: entrenar, competir y perfeccionar lo imposible.

Es ya una figura reconocible en Estados Unidos. Tiene contratos con marcas como Coca-Cola, Samsung y Honda, y su patrimonio supera el millón de dólares, según estimaciones del sector.

Mientras tanto, se ha convertido en el espejo en el que se mira su hermana menor, Liza, nacida en 2014, que empieza a dar sus primeros pasos sobre el hielo.
Un salto que no daba puntos, pero sí historia

El backflip de Ilia Malinin no sumó técnicamente. No hacía falta. Hay gestos que no están pensados para el marcador. Están hechos para quedarse.

Y aquel salto, suspendido en el aire durante un segundo imposible, ya forma parte del imaginario olímpico. Porque a veces el deporte no se gana solo con puntos. Se gana atreviéndose.

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